El eterófono también conocido como theremín, por su inventor Lev Serguéievich Termen, fue uno de esos inventos de inicios de del siglo XX que, pasado su relativo éxito de feria, parecía estar condenado a su pronta extinción. El ejecutante (eterofonista o thereminista) debía de ir palpando las líneas electromagnéticas producidas por las antenas del aparatejo, en busca de la nota adecuada. El resultado era un sonido similar al del violín aunque un tanto más tembleque.
Esta vez, uno de los integrantes del equipo de los BRAINIAC, dejando sutilezas de lado, se deja abofetear duramente por la rígida mano de su compañero, con la finalidad -a todas luces noble- de explorar los secretos, hasta hace poco insondables, de la resistencia física de nuestros mofletes. ¿A que no pones la otra mejilla?
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